Clubes de Lectura


Hay libros que son arriesgados desde el título. Titular a tu obra Clubes de Lectura, aunque señale perfectamente el contenido a tratar, resulta de lo más temerario. En esas tres palabras hay una apariencia de formalidad y didactismo que de entrada casan mal con la aventura lectora. Además, la portada casi anuncia un texto academicista, una especie de lección. De todas formas, la idea Clubes de Lectura es tan amplia que también provoca una cierta curiosidad ver cómo habrá solucionado su autor, Óscar Carreño, la manera de explicarla.
Y cuando empiezas a leer puedes reprocharte fácilmente haber sido víctima de eso que al fin y al cabo tanto molesta: el prejuicio. Porque este libro es un bombón de creatividad que utiliza la experiencia adquirida después de muchos años leyendo y escuchando a lectores que hablan de sus lecturas. Una pieza casi delicada que ofrece no sólo un planteamiento ágil, divertido, original e interesante sino que por momentos es capaz, incluso, de emocionar.
Al fin y al cabo, es la emoción la que reúne a toda esa gente en bibliotecas, escuelas, salas o bares con el objetivo de contrastar impresiones sobre libros. Y en horarios no siempre fáciles. Carreño tiene bien claro que los Clubes son destilerías de emociones, de ahí que conceda importancia capital a la presentación que Jordi Cervera hizo de su Muerte en seis veinticinco, una novela negra para la que contó con el apoyo del ex jugador de baloncesto profesional Ferran Martínez y que concluyó con un lanzamiento a canasta desde la línea de 6,25 por parte del propio autor. Y encima, la metió.
En ese acierto, Carreño resume las ilusiones, expectativas y premios que puede concentrar una sencilla tarde de cháchara literaria bien conducida. Cómo una ficción puede proyectarse sobre un escenario real. Cómo se puede absorber la atención de unos lectores tan comprometidos con los protagonistas de cualquier novela que sean capaces de recrear en la realidad la excitación de la lectura y hacer que lo inventado suceda... “de verdad”.
La empatía que los chavales del público sintieron hacia Cervera en el instante del lanzamiento influyó con seguridad en su interés por la obra. Y, tomando como referente aquel día memorable, lo que Carreño hace en este libro sobre Clubes es proporcionar una suerte de experiencia que va más allá de la mera exposición. Escribe un texto que estimula desde su propia estructura inquieta, basculando de la forma narrativa clásica a las ilustraciones que sirven para aclarar un concepto; incluyendo fragmentos literales de novelas, microcapítulos resueltos con una o dos frases y arrebatos de cierto vanguardismo que resultan bien gráficos y por eso útiles para explicar ideas determinadas.
La forma del propio libro es así una invitación a la lectura, una propuesta. Que pivota siempre, eso sí, entorno a las figuras protagonistas de los Clubes: libro, lector y conductor. Pero ese atrevimiento formal no llegaría a ningún lado de no apoyarse en contenidos y conclusiones penetrantes realizadas desde una perspectiva que en realidad es de privilegio, porque realmente reúne a los principales factores del juego literario. Un juego que, para funcionar, exige honestidad.
Por eso que, además del homenaje que Carreño hace a varios autores que han significado algo distinto para él -Calvino, Cortázar, Bellow-; y además de recordar que fueron las bibliotecas públicas las que impulsaron el fenómenos de los clubes aquí; y de señalar cuánto puede ayudar un buen conductor a reinterpretar obras que en una primera lectura parecieron despreciables, además de todo eso -que es lo que más o menos se espera de un libro titulado así-, Carreño analiza los debates de los lectores de Club para extraer conclusiones valiosísimas desde un punto de vista, atención, prácticamente científico.
Un ejemplo estupendo: tras observar hacia dónde se orientan las conversaciones cuando el libro abordado en cualquier Club es un best seller o bien una “roca” literaria, Carreño concluye que: “Ante el comentario de libros del tipo best seller la dinámica de la sesión se aleja relativamente rápido del centro del texto para exteriorizarse en debates alrededor del género, en sus virtudes y defectos (...) Cuando se aborda en un club de lectura una de estas rocas literarias, rocas que se levantan para formar cimas de la literatura, observaremos un movimiento, una dinámica de las sesiones antagónica a la descrita anteriormente para los best seller. Ahora se traza un movimiento centrípeto que absorbe las corrientes del debate hacia el centro del texto”.
Magistral, ¿no? Quizás ese termómetro sea el idóneo para distinguir unas obras de otras, ahora que algunos insisten en confundir fronteras y Carlos Ruiz Zafón se atreve a preguntar qué tienen las novelas de Coetzee que no tengan las suyas. (Una respuesta objetiva sería, pues: Que las de Coetzee tienen lectores que terminan hablando de ellas, de las novelas).
Carreño vuelve a demostrar su carácter y sus fundamentos socioliterarios cuando por ejemplo critica a las campañas publicitarias que alientan el uso del préstamo bibliotecario para inflar unos números políticamente rentables, sin contemplar si esos libros prestados se llegaron a leer o no. A la vez que aplaude, como ya lo hiciera Rubén Darío, la creación de los clubes de lectura como una extensión democrática de aquellas charlas elitistamente artísticas que durante mucho tiempo estuvieron reservadas a la burguesía.
Sirviéndose de dos lectores que actúan como auténticos personajes, Carreño también plantea los valores de un buen conductor de Club, destaca las cualidades necesarias para integrar todas las opiniones de los cluberos manteniendo el ritmo y el interés de la charla, y termina destacando el valor de la comunidad física, tangible, que terminan formando los lectores. De hecho, Carreño toma claro partido por la intensidad y calidad de los clubes presenciales frente a los intercambios internautas. Y de nuevo basa su postura en la experiencia, presentando un caso paradigmático que desenmascara una de las fachadas de la posmodernidad, viniendo a sugerir que, pese al empuje de los e-readers y otros adelantos tecnológicos, el papel va a seguir manteniendo muy alto su poder de seducción.
Un logro enorme de este libro es que, cuando terminas, el título que te pareció arriesgado, ahora trae sugerencias. Otro triunfo es que después de leerlo sólo quieres leer más.

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